20/1/10

EL ARMARIO

RECUERDOS INÉDITOS


Recuerdo a don Gerardo sentado en un sillón entre el humo de tabaco negro. No me dio tiempo a crecer para descubrir al escritor. Ahora desde la distancia que otorgan los años es cuando realmente estoy empezando a conocerlo, a través de las palabras, las de otros y las suyas propias, de las que en cierta manera me siento depositario.
A los dieciséis años abrí por primera vez un ejemplar de El laberinto español, y entre la maraña de nombres, hechos y siglas, comencé a interesarme por la compleja historia de España. Luego vinieron Al sur de Granada y La faz de España, que me descubrió la grandeza de Lorca, y me llenó de rabia por su muerte injusta, víctima de la zafiedad intelectual de los autoritarismos. Continué leyendo La historia de la literatura española, San Juan de la Cruz, y sus sendos volúmenes autobiográficos: Una vida propia y Memoria Personal.
Sin embargo me faltaba algo. Desde siempre hubo en la planta baja de mi casa un armario lleno de documentos prohibidos para los niños. Eran los papeles que Brenan había legado a mi familia, lo poco que sobrevivió a su afición a la quema de documentos personales y a sus donaciones al Centro de Estudios Literarios Harry Ransom (Texas). Tras el pertinente permiso materno, me zambullí de lleno en los escritos inéditos de Gerald Brenan. Después de leer cartas, cuadernos de notas y obras inéditas; tras ver cientos de fotos de Gerald, de su familia y amigos, retornaron recuerdos de infancias perdidas, además de ganas de saber más de aquel anciano que hacía las veces de abuelo cascarrabias y su particular universo. Y comenzó a rondarme la idea de publicar parte de esos manuscritos. Fueron años de trabajo en la sombra, de búsqueda infructuosa de editor. Finalmente hace unos ocho meses se cruzó en mi camino Antonio García Maldonado, alma y fundador de la editorial malagueña Alfama. De repente todo comenzó a encajar, y en un par de reuniones delimitamos, con gran entusiasmo, el proyecto editorial que contribuirá a recuperar el legado inédito de Gerald Brenan, y que debería devolver al autor inglés al lugar que le corresponde en las letras del siglo xx.
El Señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, primer extracto del legado inédito de Brenan, son dos escritos extraños y complejos, diferentes por completo a los grandes clásicos como Al sur de Granada o El laberinto español. No obstante, estos dos textos unidos por primera vez en solo volumen, son indispensables para conocer al autor y a la persona que se esconde detrás. Descubren a un escritor nuevo que renace a través de la palabra.
Escrito durante un estado febril, El señor del castillo es sin lugar a dudas un trasunto simbólico de las difíciles relaciones que mantuvo Brenan con su padre, con el hombre que nunca quiso que fuese poeta. Es más, esta obra de teatro, alegórica e irrepresentable, influenciada por las lecturas de William Blake, y puede que por La vida es sueño de Calderón, está llena de representaciones de su infancia. El propio Brenan escribió que «el pasado dicta el futuro, el futuro regresa e invade el pasado, ambos son partes integrales de una personalidad».
Los escritores tarde o temprano siempre recurren a la infancia. Brenan tuvo una madre que le enseñó a leer y a imaginar. Era un niño soñador que se dejaba llevar por fantasías llenas de épicos trayectos por ríos, montañas y valles secretos, huyendo de tigres y peleando contra todo tipo de animales. Además dibujaba islas, paraísos a los que escaparse, como si estuviera siguiendo la filosofía de Gauguin: «encontrar la felicidad huyendo a un remoto lugar». Por ejemplo, para describir el pueblo de Yegen lo hace como «una isla envuelta en turbulentos océanos de aire», y también llamaba «isla» a su casa de Churriana.
Aparte de El señor, creí conveniente publicar en el mismo volumen un texto tardío: Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, puesto que supusieron el comienzo y el final de un ciclo literario. Pero lo realmente interesante es que esta serie de aforismos también remiten a la infancia de Brenan. Aquí vuelve a ser importante la madre y sus cuentos inventados. Brenan interiorizó tanto este juego que estuvo mucho tiempo contándose cuentos a sí mismo en tercera persona. Curiosamente igual que en Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, donde él mismo se describe en tercera persona. Al final de su vida, el Brenan escritor vuelve a regurgitar su infancia.
En El señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, Brenan se tumba en el diván del psicoanalista y realiza un meritorio ejercicio socrático de conocimiento sobre uno mismo. Son las notas de un «voyeur» que describe al observador que narró la historia de España, o la vida de un pequeño pueblo perdido en la Alpujarra, observando desde la mira de una cerradura con la objetividad que se le otorga al espectador.

MALAGA HACE NOVENTA AÑOS

Este año se conmemoran noventa años desde que Gerald Brenan visitara por primera vez la ciudad de Málaga. Sin embargo, Málaga ya era un lugar que Brenan conocía a través de la imaginación. Cuando apenas tenía diez años, escuchó la palabra Málaga de boca de su madre y su abuela que acababan de volver de realizar un viaje por Andalucía. Trajeron todo tipo de recuerdos, fotografías y turrón para el pequeño Gerald.
El turrón, una única foto de Málaga, el castillo de Gibralfaro, y las historias que le contaron su madre y su abuela sobre la ciudad; gitanas con canastos de flores que deambulaban por las calles, los pescadores del río Guadalmedina, los paseos en Calesa. Una vez más el sueño oriental había tomado la imaginación del niño Brenan. Desde aquel momento juró que algún día visitaría Málaga.
Unos catorce años después, después de haber combatido en la Primera Guerra Mundial, Brenan decide marcharse a vivir en España. Con sus libros y una pequeña paga del Gobierno, siguiendo los preceptos del misticismo y de los poetas simbolistas franceses como Rimbaud, decide romper con su pasado, con todas las tradiciones familiares. Se instala en Yegen, un pueblo en la Alpujarra granadina, al sur de Granada. Al poco decide visitar la ciudad que estuvo presente en su imaginación, cuando tenía diez años y su madre le relataba los paseos en calesa por la orilla del río, y encima, presidiendo toda la ciudad, la fortaleza de Gibralfaro. Brenan piensa que Málaga será ese lugar de luz y color que le hará olvidar las penumbras y el barro de las trincheras.
Siempre solía viajar a pie por los caminos de Andalucía. Bordeó toda la costa desde Adra hasta Vélez. Al llegar a Málaga le esperaban dos sorpresas. La primera, una carta de su padre que le informaba de la presencia en Málaga de un amigo de la familia, un conocido esnob y clasista inglés; la segunda, el dinero que había pedido a su banco se iba a retrasar por lo menos dos semanas. En su bolsillo sólo le quedaban algunas monedas. Brenan iba a conocer el hambre, el hambre por las calles de Málaga. ¿Le importó? Parece ser que no, lo que más le importaba era no cruzarse con el amigo de su padre, un clasista esnob, que no aprobaría el atuendo de Brenan: sombrero cordobés y pantalones de pana.
Quince días estuvo Brenan deambulando por las calles de Málaga, sin apenas comer, sólo un café y un trozo de pan al día. Recordaba el turrón que le había traído su madre, su textura y dolor; el rumor de las hojas de las palmeras al viento se convertí en el crepitar de uno buenos huevos fritos en aceite. Aún así, lo que más le preocupaba era no encontrarse con el amigo de su padre, que representaba todo lo que Brenan más denostaba, todo lo que había dejado atrás.
No es fácil engañar al estómago cuando tienes tiempo, todo el tiempo del mundo, y Brenan disponía de dos semanas. Le distraía algo el rumor de las olas de la playa de Huelin, donde vivían los pescadores de Málaga, los pobres pescadores en sus casuchas míseras. Pasaba muchos días en la playa de Huelin Gerald Brenan mirando el mar y escuchando su rumor, y mirando a los pescadores salir a pescar, escuchándolos cantar. Sentía las dentelladas desgarradoras de la melancolía y la acidez corrosiva de un estómago vacío, pero no parecía desesperado, la melancolía es un estado natural para un joven que aspiraba a ser poeta, que quería aprender a ser poeta en España. Y qué mejor que leer poesía para aprender a ser poeta, y Brenan leía a Garcilaso de la Vega, sólo y hambriento en la playa de Huelín. Tú, que en la patria entre quien bien te quiere/ la deleitosa playa estás mirando/ y oyendo el son de mar que en ella muere. Allí estaba el joven poeta Brenan, o aprendiz de poeta, en soledad frente al mar, hambriento, pero reconfortado por la poesía, que ya le ayudó a superar la Primera Guerra Mundial, ahora le ayudaba en la hambruna de Málaga.