20/1/10

MALAGA HACE NOVENTA AÑOS

Este año se conmemoran noventa años desde que Gerald Brenan visitara por primera vez la ciudad de Málaga. Sin embargo, Málaga ya era un lugar que Brenan conocía a través de la imaginación. Cuando apenas tenía diez años, escuchó la palabra Málaga de boca de su madre y su abuela que acababan de volver de realizar un viaje por Andalucía. Trajeron todo tipo de recuerdos, fotografías y turrón para el pequeño Gerald.
El turrón, una única foto de Málaga, el castillo de Gibralfaro, y las historias que le contaron su madre y su abuela sobre la ciudad; gitanas con canastos de flores que deambulaban por las calles, los pescadores del río Guadalmedina, los paseos en Calesa. Una vez más el sueño oriental había tomado la imaginación del niño Brenan. Desde aquel momento juró que algún día visitaría Málaga.
Unos catorce años después, después de haber combatido en la Primera Guerra Mundial, Brenan decide marcharse a vivir en España. Con sus libros y una pequeña paga del Gobierno, siguiendo los preceptos del misticismo y de los poetas simbolistas franceses como Rimbaud, decide romper con su pasado, con todas las tradiciones familiares. Se instala en Yegen, un pueblo en la Alpujarra granadina, al sur de Granada. Al poco decide visitar la ciudad que estuvo presente en su imaginación, cuando tenía diez años y su madre le relataba los paseos en calesa por la orilla del río, y encima, presidiendo toda la ciudad, la fortaleza de Gibralfaro. Brenan piensa que Málaga será ese lugar de luz y color que le hará olvidar las penumbras y el barro de las trincheras.
Siempre solía viajar a pie por los caminos de Andalucía. Bordeó toda la costa desde Adra hasta Vélez. Al llegar a Málaga le esperaban dos sorpresas. La primera, una carta de su padre que le informaba de la presencia en Málaga de un amigo de la familia, un conocido esnob y clasista inglés; la segunda, el dinero que había pedido a su banco se iba a retrasar por lo menos dos semanas. En su bolsillo sólo le quedaban algunas monedas. Brenan iba a conocer el hambre, el hambre por las calles de Málaga. ¿Le importó? Parece ser que no, lo que más le importaba era no cruzarse con el amigo de su padre, un clasista esnob, que no aprobaría el atuendo de Brenan: sombrero cordobés y pantalones de pana.
Quince días estuvo Brenan deambulando por las calles de Málaga, sin apenas comer, sólo un café y un trozo de pan al día. Recordaba el turrón que le había traído su madre, su textura y dolor; el rumor de las hojas de las palmeras al viento se convertí en el crepitar de uno buenos huevos fritos en aceite. Aún así, lo que más le preocupaba era no encontrarse con el amigo de su padre, que representaba todo lo que Brenan más denostaba, todo lo que había dejado atrás.
No es fácil engañar al estómago cuando tienes tiempo, todo el tiempo del mundo, y Brenan disponía de dos semanas. Le distraía algo el rumor de las olas de la playa de Huelin, donde vivían los pescadores de Málaga, los pobres pescadores en sus casuchas míseras. Pasaba muchos días en la playa de Huelin Gerald Brenan mirando el mar y escuchando su rumor, y mirando a los pescadores salir a pescar, escuchándolos cantar. Sentía las dentelladas desgarradoras de la melancolía y la acidez corrosiva de un estómago vacío, pero no parecía desesperado, la melancolía es un estado natural para un joven que aspiraba a ser poeta, que quería aprender a ser poeta en España. Y qué mejor que leer poesía para aprender a ser poeta, y Brenan leía a Garcilaso de la Vega, sólo y hambriento en la playa de Huelín. Tú, que en la patria entre quien bien te quiere/ la deleitosa playa estás mirando/ y oyendo el son de mar que en ella muere. Allí estaba el joven poeta Brenan, o aprendiz de poeta, en soledad frente al mar, hambriento, pero reconfortado por la poesía, que ya le ayudó a superar la Primera Guerra Mundial, ahora le ayudaba en la hambruna de Málaga.

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