12/6/09

RECUERDOS INEDITOS





Recuerdo a don Gerardo sentado en un sillón entre el humo de tabaco negro. No me dio tiempo a crecer para descubrir al escritor. Ahora desde la distancia que otorgan los años es cuando realmente estoy empezando a conocerlo, a través de las palabras, las de otros y las suyas propias, de las que en cierta manera me siento depositario.
A los dieciséis años abrí por primera vez un ejemplar de El laberinto español, y entre la maraña de nombres, hechos y siglas, comencé a interesarme por la compleja historia de España. Luego vinieron Al sur de Granada y La faz de España, que me descubrió la grandeza de Lorca, y me llenó de rabia por su muerte injusta, víctima de la zafiedad intelectual de los autoritarismos. Continué leyendo La historia de la literatura española, San Juan de la Cruz, y sus sendos volúmenes autobiográficos: Una vida propia y Memoria Personal.
Sin embargo me faltaba algo. Desde siempre hubo en la planta baja de mi casa un armario lleno de documentos prohibidos para los niños. Eran los papeles que Brenan había legado a mi familia, lo poco que sobrevivió a su afición a la quema de documentos personales y a sus donaciones al Centro de Estudios Literarios Harry Ransom (Texas). Tras el pertinente permiso materno, me zambullí de lleno en los escritos inéditos de Gerald Brenan. Después de leer cartas, cuadernos de notas y obras inéditas; tras ver cientos de fotos de Gerald, de su familia y amigos, retornaron recuerdos de infancias perdidas, además de ganas de saber más de aquel anciano que hacía las veces de abuelo cascarrabias y su particular universo. Y comenzó a rondarme la idea de publicar parte de esos manuscritos. Fueron años de trabajo en la sombra, de búsqueda infructuosa de editor. Finalmente hace unos ocho meses se cruzó en mi camino Antonio García Maldonado, alma y fundador de la editorial malagueña Alfama. De repente todo comenzó a encajar, y en un par de reuniones delimitamos, con gran entusiasmo, el proyecto editorial que contribuirá a recuperar el legado inédito de Gerald Brenan, y que debería devolver al autor inglés al lugar que le corresponde en las letras del siglo xx.
El Señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, primer extracto del legado inédito de Brenan, son dos escritos extraños y complejos, diferentes por completo a los grandes clásicos como Al sur de Granada o El laberinto español. No obstante, estos dos textos unidos por primera vez en solo volumen, son indispensables para conocer al autor y a la persona que se esconde detrás. Descubren a un escritor nuevo que renace a través de la palabra.
Escrito durante un estado febril, El señor del castillo es sin lugar a dudas un trasunto simbólico de las difíciles relaciones que mantuvo Brenan con su padre, con el hombre que nunca quiso que fuese poeta. Es más, esta obra de teatro, alegórica e irrepresentable, influenciada por las lecturas de William Blake, y puede que por La vida es sueño de Calderón, está llena de representaciones de su infancia. El propio Brenan escribió que «el pasado dicta el futuro, el futuro regresa e invade el pasado, ambos son partes integrales de una personalidad».
Los escritores tarde o temprano siempre recurren a la infancia. Brenan tuvo una madre que le enseñó a leer y a imaginar. Era un niño soñador que se dejaba llevar por fantasías llenas de épicos trayectos por ríos, montañas y valles secretos, huyendo de tigres y peleando contra todo tipo de animales. Además dibujaba islas, paraísos a los que escaparse, como si estuviera siguiendo la filosofía de Gauguin: «encontrar la felicidad huyendo a un remoto lugar». Por ejemplo, para describir el pueblo de Yegen lo hace como «una isla envuelta en turbulentos océanos de aire», y también llamaba «isla» a su casa de Churriana.
Aparte de El señor, creí conveniente publicar en el mismo volumen un texto tardío: Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, puesto que supusieron el comienzo y el final de un ciclo literario. Pero lo realmente interesante es que esta serie de aforismos también remiten a la infancia de Brenan. Aquí vuelve a ser importante la madre y sus cuentos inventados. Brenan interiorizó tanto este juego que estuvo mucho tiempo contándose cuentos a sí mismo en tercera persona. Curiosamente igual que en Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, donde él mismo se describe en tercera persona. Al final de su vida, el Brenan escritor vuelve a regurgitar su infancia.
En El señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, Brenan se tumba en el diván del psicoanalista y realiza un meritorio ejercicio socrático de conocimiento sobre uno mismo. Son las notas de un «voyeur» que describe al observador que narró la historia de España, o la vida de un pequeño pueblo perdido en la Alpujarra, observando desde la mira de una cerradura con la objetividad que se le otorga al espectador.


Publicado en La Opinión de Málaga 06/06/2009