13/11/08

EXTRACTO DE UN DIARIO INÉDITO DE GERALD BRENAN



(Extracto del Diario sobre Dora Carrington, por Gerald Brenan)


El viernes 11 de marzo por la tarde recibí un telegrama que decía que estaba muerta. Alquilé un coche y llegué a Ham Spray esa misma noche.

Se había pegado un tiro aquella misma mañana sobre las 8, perdió la conciencia al mediodía y murió un par de horas después.

Primero apartó su alfombra favorita para no estropearla con la sangre derramada y colocó otra en su lugar para que pareciera que se había resbalado. Luego se colocó de espaldas a la ventana confrontando el espejo para ver en él su posición. Entonces colocó la culata de la escopeta en el suelo, apuntando el cañón hacia su costado y apretó el gatillo. Cómo el arma tenía seguro y se había olvidado de quitarlo, no pasó nada. Esto debió descolocarla, pues al apretar el gatillo otra vez la escopeta no estaba apuntando bien y el disparo arrancó parte de su costado, pero no acertó en el corazón…


SUEÑOS SOBRE LA MUERTE DE CARRINGTON.


Un sueño sobre Lytton durante su enfermedad, principios de enero 1932.


Soñé que se había hundido una vez más en el territorio más bajo en el que la vida puede ser conservada y cuando todos, incluso Carrington, habían perdido las esperanzas en él, se repuso, siguió mejorando y finalmente se recuperó.

Cuando se encontraba lo suficientemente bien para describir sus experiencias, facilitó esta explicación sobre su colapso repentino:

«Se me ocurrió que el probar una enfermedad y recuperarme después de tan largo tiempo serviría para averiguar que mis amigos, las personas que más quiero, habían agotado todo su afecto durante el prolongado suspense de mi convalecencia y que carecían de sentimientos de cualquier tipo hacia mí. Esta idea me descorazonó tanto que decidí que no merecía la pena seguir luchando. Sin embargo, en el punto más bajo, cuando estaba cara a cara con la muerte, se me ocurrió esta otra idea. Si muero ahora en esta crisis se imaginarán que me quisieron mucho más que en la salud y se enorgullecerán de la fuerza e intensidad de sus sentimientos. Por lo que estarán, a mi costa, doblemente vivos y yo, de la misma manera, doblemente muerto; una situación del todo indeseable. No, me recuperaré, y desarrollaré unas paredes estomacales nuevas y más jóvenes, con lo que adquiriré sin esfuerzo amigos nuevos y vigorosos que vendrán a sustituir a los desgastados.»

Este sueño, me dije a mí mismo, se puede llamar “Los deseos plenos de una hombre precavido.”


Un sueño, noche del 31 de marzo al 1 de abril de 1932.


Soñé que había visto a Lytton, alto y solemne, vestido entero de negro. Él me dijo, «tengo que atender una ceremonia importante – muy importante – y no tengo la ropa adecuada. Devuélveme mi capa.» Le alargué la capa negra que yo llevaba sobre el brazo.

«Este es el lado equivocado» dijo, y le dio la vuelta. Entonces vi que el otro lado era de color rojo sangre.


Segundo sueño, noche del 31 de marzo-1 de abril 1932.


Soñé que estaba de pie sobre una escalera de mármol interminable que descendía desde el mundo de los vivos hacía el mundo de los muertos inmemoriales. En un lado, de pie, como estatuas griegas, unos cadáveres sostenían antorchas o lámparas. Carrington estaba entre ellos y su mano inánime sostenía un cubo vacío. Comprendí que si antes del alba conseguía llevar el cubo hasta el pozo al pie de las escaleras, llenarlo, volver a subirlo y arrojarlo sobre ella, volvería a hablarme. Lo cogí, aunque era muy pesado, y comencé descender por las escaleras, determinado a perseverar, con todo lo duro que pudiera ser, hasta la mañana. Tras unos momentos, comenzó a clarear el día y me encontré otra vez en lo alto de la escalera y podía escuchar a Helen hablando. Grité para atraer su atención, pero hablaba tan alto con Baba que no me escuchaba.

Al despertar comprendí que el agua que había extraído del pozo al pie de las escaleras era la memoria.

En otro sueño que siguió a este recordé otros sueños de noches anteriores y que durante el día eran inaccesibles para mí. Cada noche, desde su muerte, he descendido como Eneas a la tierra de los muertos, incluso si durante el día aparentaba haberla olvidado. Mis noches, de hecho, forman, como los días, una serie interconectada, por lo que dos personas diferentes parecían vivir, codo con codo, en mi cabeza.

Tras reflexionar, añadiré que este sueño parece una excusa trazada para paliar la dificultad que he tenido para darme cuenta de que Dora Carrington está muerta; en otras palabras, mi indiferencia.


Sueño, octubre 1932.


Estaba hablando con Carrington y curiosamente yo sostenía una pistola. Me pidió que se la prestara un momento. Le dije, «promete que me la devolverás,” pues sospechaba de sus intenciones. Juró, cogió la pistola, y primero me apuntó a mí y luego a si misma, disparó y se desplomó fulminada.

Desde entonces he soñado a menudo con ella y, aún hoy, treinta y seis años después de los hechos, sigo soñando con ella. Mis sueños desde hace mucho tiempo poseen la misma forma. Estoy andando con un sentimiento de excitación reprimida por el césped de una casa del siglo XVII, vieja y gris, que se aposenta al lado de un ancho río. Entro por una puerta lateral en una habitación larga y de techo alto. Ahí está ella, lleva puesto el mismo vestido verde esmeralda de seda de Shantung que había llevado en Watenlath y que luego me regaló. Soy consciente de los sentimientos intensos y conmovedores que sólo los sueños pueden proporcionar, lo que me hace emocionarme hasta los huesos como al escuchar una canción del Wintereise de Schubert y entonces el sueño concluye. Me despierto lleno del sentimiento irrecuperable de dulzura y belleza que acompañaba a aquellos días. (1974)

Aquí terminan los sueños, pero al estar inmerso en el tema, anotaré un poema que escribió mi mujer Gamel poco después de la muerte de Carrington, pero que dejó sin corregir.


Para DC


No te dejaron morir
la muerte que tu querías.
Por qué te retuvieron cuando estabas enferma?
A través del gran bosque cansada y sola
Largo tiempo persiguiendo cada piedra pulida
Arrojada con tu hermano cuando el día era joven.
Pero al acercaros, el ogro soliviantó Cenizas y polvo.
No encontrabas el camino,
Te habrían retenido, retrasar tu partida un día.
Viste el bosque, inmenso y sin senderos.
Conocías un desierto vacío más allá.
Las voces eran fatigosas para escuchar,
Relatando la misma historia en el oído inconsciente.
Había un estanque oscuro en el cantero del jardín.
Otros lo han visitado y han regresado en terror.
Dicen que si nos zambullimos con audacia
Sobrepasaremos el agua y mantendremos nuestra vida
Entraremos en un jardín donde una fuente fluye
En recipientes de mármol, dónde crece un limero.
Nadie cree, uno puede olvidar,
Tocamos el borde y volvemos con los dedos mojados,
Pero tú te sumergiste, en las aguas frías, oscuras, profundas
Que descienden al sueño.


G.W marzo de 1932.